Realmente le era difícil no dañar a otros hombres, porque era imposible evitar que otros hombres
se fijaran en ella cuando entraba en alguna fiesta vestida de Gucci, con un
pañuelo de seda azul y unos tacones de aguja relucientes. Absolutamente todos
caían rendidos ante el encanto de sus gestos, al brillo de su mirada, a sus
labios gruesos pintados de un rojo pasión excesivamente sensual, y sin duda a
su preciosa sonrisa, la cuál dejaba caer de vez en cuando a sus amistades o
público habitual. Aquellas fiestas, para ella, solo eran unas fiestas más en
las que dejar huella.
Les seducía, les
llevaba a un hotel en el centro de la ciudad, los subía hasta su suite, les
invitaba a un delicioso cappuccino y ellos, como era de esperar, se dejaban
seducir por dicha belleza y acababan toda la noche entre sus sábanas, agarrados
a su cabello rizado y rubio, y finalmente, prendados de su pecho, ya entonces
desnudo. Y sin duda, para ella todos eran lo mismo: nada que no se pudiese
arreglar con un chocolate caliente a la mañana siguiente.
Iba con un traje
de Armani. El pelo negro y unos ojos de un color extraño. Quizás verde y marrón.
Quizás. Le vio conversar y reír. Le vio en sus sábanas. Le vio en sus sueños, en
sus noches. Le vio en el hotel. Le vio quitándole su vestido de una manera
completamente diferente. Con un simple roce hizo que ella sintiese algo
diferente a todas ‘‘aquellas veces’’. Le
vio disfrutando tanto como ella… Pero no le vio marchar. Cuando abrió los ojos
por la mañana se encontró con un sobre en el lado opuesto de la cama con uno de
los botones del traje de Armani que ella le arrancó, lo cual demostró que lo
que había pasado era real y que él había estado ahí.
Otra vez se había
vuelto a quedar sola, envuelta en las sábanas de su suite... Y solo se preguntó si volvería a verle alguna vez.

